Un alfiler en el alma de la abuela

La abuela estaba junto a su màquina de coser antigua, el velador encendido para ver mejor, con su chaleco lleno de alfileres prendidos , que en los pocos años de la nieta y con esa luz suave se parecìan a un universo estrellado en su pecho. La chiquilla extraña, niña-adulta que apenas pasaba la altura de la mesa apoyaba su cabeza en sus brazos observàndola còmo movìa sus manos diestras, que cosìan vestidos con volados de ensueño:realmente estaba fascinada con esa hada vieja creadora. Pasaban los dias solas en el caseròn sesentista, un mamotreto enorme pensado para impresionar a los familiares cuasi-ricos, pero impràctico para habitar, la niña odiaba  su diseño porque para ir al baño debìa pasar por tres salones y una escalera oscura, y en su mente infantil era còmo descender ( o ascender segùn se viera) a los infiernos del Dante. El abuelo, casi ciego ya, se empeñaba en ir a trabajar sòlo y sin bastòn. Habìa practicado la ruta a su trabajo unos cientos de veces con la abuela y tenìa todos los pasos contados, los cordones de las veredas aprendidos de memoria, tòdo calculado, porque en su orgullo no toleraba que ella lo viera disminuìdo, entonces, cada mañana partìa solo a esa aventura de la vida que era cada dìa, y que la chiquilla veìa còmo tan normal, pero en realidad un dia iba a transformarse  en ejemplo de còmo alguièn luchaba por seguir siendo alguièn. A veces, la anciana junto a la chica lo seguìan en silencio, y èl escuchaba pasos y se detenìa y giraba la cabeza. Pero nunca dijo nada. Y ellas tampoco.
Aquella tarde de invierno, la luz de la tarde gris invadìa la cocina dònde estàban las dos, el velador refulgìa en el rincòn y la abuela se destacaba allì, y mientras cortaba e hilvanaba contaba historias de su familia, de su madre que siendo criada en un petit-hotel de la calle Alvear terminò siendo modista fina para poder comer, que era tan inteligente ella que aprendiò el oficio desarmando sus propios vestidos “haute couture”, que nunca perdonò a su padre que hubiera sido un “gallego” dueño de un bar porque ella se veìa destinada a ser dama de la sociedad. Las historias eran de dolores, de pèrdidas, de ruinas econòmicas, y la mujer desgranaba todo en la niña hacièndola interlocutora de conversaciones que no eran para su edad pero necesarias para ella por su falta de amistades.

La niña invitaba a hablar. Era rara, sostenìa las charlas en su 9 años y poco màs, y adoraba a su abuela por sus comidas, vestidos, y  regalos, pero habìa algo que no negociaba: el amor por su padre . Y la abuela no dejaba pasar oportunidad de emitir crìticas àcidas hacia èl, cosa que a la niña le dolìa pero soportaba en silencio. El respeto era eso, aguantar en silencio hasta lo màs doloroso.

La niña dejaba pasar muchas cosas porque las vacaciones de invierno y verano estaban aseguradas si la relaciòn con la abuela era buena, pero siempre percibìa ese hostigamiento a su padre ya que lo culpabilizaba de un matrimonio equivocado con su hijita, destinada a princesa y casada con èl, un vendedor de casas fracasado y poco ambicioso.

La niña siempre escuchaba, y la mujer no sabìa que todas esas crìticas eran toleradas por interès, pensaba quizàs que la pequeña no entendìa mucho y desgranaba su enfado por todo lo que se relacionaba con su yerno, pero la niña entendìa todo y se habìa prometido que un dia iba a utilizar tambièn un comentario para lastimarla.

Esa tarde fria la abuela arrancò con el tema de que su Papà habìa llevado el coche de ella y no se lo habìa devuelto, y hablaba y discurrìa hasta que la niña dijo:-Papà dijo que usa tu coche todo lo que le plazca porque te tiene como perrillo faldero.

Le gustò ver còmo la mujer se enfurecìa y caminaba por la cocina. Era todo mentira pero gustò la niña de dañarla, de verla furiosa, de lanzar denuestos a su yerno,  su madre y a todo pariente conocido. Era còmo verla tomar de su propia medicina, y aunque la niña no midiò las consecuencias del comentario, gozò de la cara de furia de la anciana.

En un momento de la tarde tuvo una percepciòn de que habìa cometido un error diciendo eso, pero ver a la abuela tan furiosa fue un deleite. A la noche cuando cenaron junto al abuelo, ella le preguntò a èl si le parecìa que su yerno podrìa haber dicho eso, a lo cual èl contestò:-Carmen, los niños no mienten…

La vieja asintiò, y la niña bajò los ojos al plato de sopa y pensò:-los niños no mienten…pero yo no soy niña…

Y del tema no se hablò màs. Pero envenenò a la mujer por siempre.

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