Vacìo de amor

Davinia era una mujer dura. Si bien su vida no habìa sido terrible se habìa consagrado al trabajo dado que habìa intentado formar una familia y las experiencias amorosas que habìa tenido no habìan llegado a ser relevantes para que se planteara el tema, en cierta forma la habìan convencido de que el amor no era una inversiòn en la que valìa la pena poner energìa. Esa decisiòn la habìa definido y era por eso que a los cuarenta y tantos años era una mujer de negocios exitosa con un futuro asegurado.

El ùltimo verano habìan sucedido algunas cosas que le habìan hecho dudar acerca de sus creencias sobre la vida y el amor. Una amiga ìntima, gerente de otra empresa habìa enfermado de càncery habìa muerto en pocos meses y Davinia la habìa visitado asiduamente en un intento de compartir aquellos momentos con ella.

En esas conversaciones la amiga se arrepentìa de no haber intentado amar, o ser feliz, lamentaba tantas vacaciones pospuestas, tantos momentos buenos que habìa aplazado por ganar dinero y en el fondo por temor a amar y a sufrir.

Verla desmejorar y morir habìa golpeado a Davinia. Tuvo que pedir unos dias de descanso para superarlo, y fue còmo una toma de conciencia verse pasear, comer,todo en soledad, sin tener con quièn compartir ni hablar fue una sensaciòn de no estar còmoda consigo misma la que la invadiò…no se reconocìa.

Estuvo pensativa varios meses. No conocìa socialmente hombres, sòlo aquellos  con los que por negocios tenìa que tratar, y estos eran complicados y competitivos. Se dio cuenta que por ese lado no hallarìa soluciòn.

Los sitios de internet para hallar parejas no la conectaron con nadie que la impactara, y llegò un momento en el que creyò que encontrar compañìa era algo imposible., pero deseaba unas vacaciones inolvidables para descansar del intenso año de trabajo, y esas vacaciones las querìa con un hombre.

Otra ejecutiva con la que algunas veces compartìa cenas le comentò que cuando la soledad la saturaba contrataba un acompañante para asì matar un poco la soledad y tener unos dias de buena compañìa, y la verdad sea dicha, a Davinia eso le pareciò terrible, el hecho de tener que pagar para paliar la soledad le parecìa decadente, triste y patètico, asì còmo tener que asumir que era incapaz de establecer una relaciòn y sentir amor.

En un comienzo desechò la idea del acompañante, pero la desesperaciòn de la soledad nos lleva a ese lugar dònde lo malo no se ve tan malo y uno comienza a concederse licencias, y tomando la tarjeta se comunicò con la agencia de acompañantes, porque asumiò que si para quitarse esa sensaciòn de desesperanza tenìa que pagar, si eso era necesario comprarìa una semana de ficticia felicidad: pero felicidad al fin.

Una vez que dispuso del catàlogo y puesta a elegir se quedò con Eric. No era joven, tendrìa alrededor de 50 años, cabello negro con canas, ojos azules, culto y ex-deportista le atrajo a primera vista. No supo si le gustò su mirada o aquella foto sobre un velero con una sonrisa enorme. Pero lo quizo a èl. Si bien su compañìa valìa un nùmero interesante en dinero, decidiò que era un regalo que iba a darse a ella misma, por lo que coordinò la fecha de contrataciòn del viaje con la agenda de èl y asì, teniendo todo organizado se sintiò vital y alegre, presintiendo que dias interesantes estaban por llegar, sintiendose vital y llena de esperanzas que nunca supo muy bien porquè sentìa, pero que dejò volar porque la hacìan sentir viva.

LLegò el dia del encuentro que sucediò en la cafeteria del aeropuerto. Èl tomaba un cafè tranquilo y relajado y la saludò càlidamente. Esa actitud la hizo sentir còmoda de inmediato, y antes de abordar el le dijo que se relajara y que intentara disfrutar. Realmente embarcò feliz de que el primer impacto de ambos hubiera sido bueno. La cosa prometìa.

Al llegar a destino la sorprendiò cuando tòmo la delantera y solicitò un cuarto para ambos, y si bien esas cosas la descolocaban intentaba recordar que era un profesional en lo suyo y ella lo habìa contratado.

Èl percibiò que algo la habìa intimidado y abrazàndola le dijo que sòlo harìan lo que ella permitiera, que dejara que las cosas fluyeran por sì mismas. Eric fue tan amable y simpàtico con ella que hacìa que olvidara que su presencia habìa sido abonada con tarjeta de crèdito, y decidiò que tenìa razòn y que disfrutarìa del viaje.

Fue la tercera noche, cuando volvìan de una cena dònde ambos la habìan pasado bien cuando ella le pidiò que la abrazara, que hacia mucho tiempo que nadie lo hacia y Eric, miràndola a los ojos y acomodando el cabello de ella dulcemente lo hizo. Davinia , desconocièndose a si misma llorò. LLorò por todo, por tantos años dònde tuvo tantas cosas pero no tuvo algo tan sencillo còmo un abrazo. Y esas noches y las que siguieron se amaron, a veces suavemente, a veces con pasiòn, pero los dos se fundìan en un ser. Y disfrutaban de ello.

El ùltimo dia, sentados en la playa se contaron la vida, de una forma clara y sincera, y asì còmo ella le hablò de su fracaso còmo mujer y su èxito còmo ejecutiva; èl le contò de su vida de viajes, compañias femeninas y solidez econòmica pero vacìa de contenido, soñaba con tener una casa en una isla del caribe dònde consideraba su lugar en el mundo…Tomàndola de la mano le ofreciò que lo intentaran juntos, pero Davinia  le pidiò tiempo para pensarlo porque no estaba tan segura en jugarse una vida y una carrera por la que tanto habìa luchado. La comprendiò pero en sus ojos pudo apreciar un dejo de decepciòn aunque no èl en ningùn momento le reprochò nada. sòlo callò.

El viaje de vuelta fue silencioso. Ella con una mezcla de sentimientos que iban desde la percepciòn del amor encontrado a la desconfianza de la entrega a un desconocido y èl, sintièndose absolutamente sincero con una mujer por primera vez en su vida, sin màs palabras para agregar.

Cuando arribaron y se encontraban formalizando la entrada al paìs lo perdiò de vista. La sensaciòn de abandono y desesperanza que la invadieron la llevaron a tomarse una copa, y cuando mirò su tobillo y vio la pulserita de pequeños caracoles que èl le habìa colocado, recordò su cara, su risa y el hecho de que èl no habìa sido un sueño. Eric habìa sido real.

Al dia siguiente un llamado la sorprendiò: la agencia de acompañantes le comunicaba que Eric habìa solicitado le devolvieran el importe de la contrataciòn y el expreso pedido de que ella no lo contactara.

Davinia quedò devastada. No habìa sabido reaccionar ante el amor, no se habìa jugado ni siquiera con la sinceridad de reconocerle que se habìa conectado con èl y que sentìa que lo necesitaba.

Los dias continuaron còmo ella acostumbraba tener: agendas cargadas de reuniones de negocios, compromisos laborales y juntas de directorio. Tenìa tantas cosas en su vida y el alma vacìa…Què contrasentido!

La vida comenzò a hacerse insoportable, sofocante y el sòlo hecho de pensar que no lo volverìa a ver la angustiaba, y comenzò a pensar còmo hacer para encontrarlo.

Se decidiò a llamar a la agencia de acompañantes, pero le dijeron que se habìa retirado, que no sabìan nada de èl. Pensò que si eso era cierto era la prueba de que la amaba, y una sensaciòn de necesidad de èl le recorriò el cuerpo, sentir que todo aquello que le habìa dicho que sentìa era verdad le dio la fuerza  que le habìa faltado para buscarlo, y para dar un vuelco a su vida.

Recordò el nombre del yate de èl y mediante contactos dio con el lugar dònde estaba amarrado. Era la isla del caribe que èl tanto le nombraba y, dejando la vida de ciudad atràs hacia allì partiò.

Dio con èl preguntando a las personas, y lo hallò pintando una casita de blanco, con la sola compañìa de una radio que pasaba una canciòn romàntica que èl tarareaba, y necesitò un momento para mirarlo, feliz de estar allì y de sentir que estaba haciendo lo correcto, y deseando no ser rechazada.

Eric la vio y se acercò a abrazarla. Sintieron que al fin estaban juntos y que la soledad en sus vidas habìa terminado.

Nunca es tarde para aprender a amar, se dijo ella mientras èl la cubria con un càlido abrazo.

La vida los habìa unido para que descubrieran un nuevo juego: el del amor.

 

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