El otro en el espejo-Cuento

El otro en el espejo-Cuento

Tuvo sed y ganas de ir al baño. En la oscuridad de la casa fría caminó a tientas, cómo un ciego en un territorio desconocido. La luz de la lámpara que la tía había dejado prendida semejaba un faro en la oscuridad,y al pasar por el viejo salón apenas iluminado se vio en el azogue descolorido. Y lo vio a él.
Fue una sensación extraña verse y verlo a él, a si mismo pero yendo en sentido inverso, dos imágenes reflejadas en movimiento mostrando a un mismo hombre..en direcciones opuestas.
Se frenó y se dijo que era un sueño. O la resaca de lo que había bebido antes de dormirse. El licor casero de la tía y su capricho porque lo siguiera probando hacían estas cosas se dijo a sí mismo, y se alejó hacia el baño.
Mientras se mojaba la cara pensando en la experiencia vivida, la duda lo atenazaba: había sucedido o no?. Sólo había una forma de averiguarlo. Volviendo al espejo.
La casa vieja olía a almohadones polvorientos, a veneno para insectos, a humedad antigua, producto del miedo visceral de la anciana a abrir ventanas, y en los ambientes se percibía el aire antiguo de años, los suspiros y las lágrimas que cómo energías olvidadas habían quedado suspendidas en los cuartos. No le gustaba ir a esa casa. Algo de su sexto sentido siempre le había dicho que no se quedara más de lo necesario. Pero el viaje a la ciudad y la necesidad de hospedaje lo había llevado allí, y ahora sentía que el lugar lo había atrapado en algún tipo de encanto invisible y pegajoso que lo llevaba de vuelta al espejo.
Se acusó de una cobardía innecesaria y se miró en él. Sólo se vio y se sonrió por sus temores infantiles, hasta que, con la sonrisa colgada aún en su boca vio enfrente su imagen con un rictus de tristeza. Se quedó helado. Porque la imagen que le devolvía el espejo era opuesta a su sentir?
Giro a izquierda, pero el hombre del espejo giró a la derecha. Volvió a girar y la imagen lo hizo en sentido opuesto. De frente amagó a llorar y la imagen sonrió. Algo sin explicación pasaba y él no alcanzaba a comprender ni percibir en qué lugar del tiempo y del espacio estaba, cómo si una bilocación lo hubiera apresado. Y lo paralizaba.
El terror lo comenzaba a invadir, un pánico ante lo inesperado e inexplicable lo enmudecía, todo estaba suspendido en la nada. Hasta el mismo, y su imagen en el espejo que constantemente reflejaba sus opuestos. En un momento deseo comenzar a rezar para lograr controlar ese vacío de lógica, pero la sorpresa lo invadía y fue en ese momento que se lo ocurrió musitar un tímido…Hola. La imagen del espejo viejo le contestó..Adiós…
La imposible dicotomía de verse en las dos caras de la realidad, en aquello que intuímos pero nunca pensamos que sea real, verse así, le hizo pensar que hubiera sido de mismo si hubiera tomado en algún momento de la vida la decisión opuesta, quizás la verdadera y deseada.
El hombre del espejo, el otro le habló. Era su voz pero lejana, y le pidió que lo escuche, que prestara atención, ya que sòlo esta vez había podido hallarlo en ese vórtice multidimensional que se había abierto permitiendo el encuentro de ambos.
En el silencio y la semioscuridad ambos se miraron: y un abismo insondable alrededor de la imagen impedía distinguir cual era la realidad y cual no. Y ese otro del espejo, que conocía de el todo ya que era si mismo comenzó a hablarle con esa voz suave tan suya acerca de sus aciertos y errores, de sus alegrías y penas. Pero tenia algo para decir, algo importante. Habiendo promediado la vida, el juego había cambiado y desde aquella noche este “èl”real comenzaría a vivir la otra vida…la de aceptación de que otro “èl mismo” en otra dimensión vivía y decidía y en esta realidad tocaba, a partir de ahora, ser un eco de ese hombre .
La risa del espejo lo incomodó, sobre todo cuando este hombre real, en pijamas, parado en medio de la noche frente a un vidrio viejo y descolorido sintió ganas de llorar.
La mañana lo halló sentado y muerto en el sillón de paño verde. Nadie supo porque aferraba en sus manos el pañuelo. Ni porqué el espejo de azogue descolorido del salón estaba roto.

Textos: Bett Gonzalez Casasola
Foto: Autor anónimo

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