La meta

No somos conscientes de la meta. Vivimos tirando de situaciones, de personas, de pasados, y muchas veces no percibimos eso de establecer metas, dirección en nuestro andar en la vida.

Las metas nos organizan, nos conducen, nos ordenan la caminata. Necesitamos ese horizonte, ese punto en el que enfocar la mirada, las ideas, el futuro, porque si no nos transformamos en seres que vivimos en automático, inventando cada dia una razón para vivir.

La meta es creativa: debe serlo. Cada uno tiene un deseo interno, una necesidad, un reto personal a cumplir, y necesitamos tenerlo para sentirnos vivos, para autogenerar ese amor propio y autoestima que se llena de alegría cuando avanzamos, o que recarga las ganas de luchar cuando las cosas no salen como esperamos.

La meta es propia, es única y contiene la particularidad de derribarnos emocionalmente cuando no la cumplimos, porque interiormente sabemos que solo depende de una persona: nosotros mismos.

Textos: Bett Gonzalez Casasola

Arte: Silvina Russo-Artista plástica

 

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Desafío

El pasado se cuela en tu memoria. Un aroma, una imagen, una persona parecida a alguien que alguna vez conociste, y descubres que el archivo en tu mente está lleno de cosas.

Crees que puedes empezar de nuevo con alguien, y resulta que una frase te lleva a viejas situaciones, a palabras como cuchillos, a lágrimas como lagos que te enturbian la mirada y es entonces que descubres que ya no tienes el lienzo en blanco, y que aunque intentes borrarlo las viejas manchas de tinta de la vida vuelven a aflorar, mudas y resistentes.

Entonces llegas a la disyuntiva: renacer con la condición de la imposibilidad de borrar el pasado. No es un dato menor, la mochila viene cargada.

El amor suele ser un buen asistente en la tarea: disimula, entretiene, corrige y mejora todo aquello que duele, que cuesta, que se dificulta, y es entonces que nos volvemos dependientes de aquel que encontró la llave para lograr que esa magia, por poco que resulte nos hace bien.

Cobardía no es amar para seguir adelante, quizás cobardía sea refugiarse en el dolor, quedarse quietito en tu solitaria zona de confort intentando que nada cambie. Aunque no seamos felices, aunque no obtengamos nada. Solo por que si, solo por el miedo a lo que podría suceder.

Textos:  Bett G.C.

Fotos: Damon Winter

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La piel de Dios

Cuentan que la piel de Dios está cerca de cada uno, casi al alcance de la mano si lo deseas. Su piel está en la corteza de los árboles, en la pelambre de tu mascota, en el tallo o en el pétalo de la flor, en la suavidad de la cara de un niño cuando lo besas, en la boca de tu amor.

La piel de Dios es la tuya propia, porque somos parte de un átomo de divinidad. Eres la belleza, la textura, el aroma mismo de él.

Millones de humanos, millones de partículas divinas representadas en cada uno, atomizadas en colores diversos, todos únicos, todos especiales, todos perfectos a nuestra forma y a su imagen y semejanza.

Algunos quizás parecen extraños hijos de él: sus ojos no ven pero sus corazones sienten más fuerte, otros no caminan y sin embargo aspiran fuerte el aire, aman con pasión a la lluvia y el viento, nadie queda incompleto, todos tienen su parte en la inmensidad del universo divino.

Somos parte de la piel de Dios, somos sus ojos, su boca, sus sonidos, y aunque a veces lo olvidemos, él, en su infinita compasión por estos seres tan especiales que creó nos pone en el camino avisos, palabras, situaciones para que volvamos a creer en él, y a través de ello en nosotros mismos.

Textos: Bett G.C.

Fotos: Pixabay

 

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El pasado no existe

El pasado no existe. Así lo declaro, asi lo determino y harías bien en creerme.

El pasado se hizo polvo, se hizo viento, ya es nada. Ese aire que respiraste ahora está en Japón, esas flores que daban su aroma esa noche en que te enamoraste cayeron, se degradaron y se hicieron parte de un árbol.

Creeme: el pasado es un mito, un recuerdo desvaído que quizá solo tu recuerdes: ese dia en que eras niño y un aroma a torta te atraía hacia la cocina donde estaba tu madre, esas lagrimas del amor primero que te decía adiós ya no te quiero,  todo ello ya es solo parte de ti.

Y si el pasado no existe, todo aquello que nos entristece, nos amarga, todo lo que nos moldeó a sangre y fuego…para que recordarlo?

Dejemos de ser esclavos de aquello que ya no es nada, de palabras que se fueron con el viento, de personas que quizás ni siquiera son carne sino polvo viejo y desvaído. Dejemos que el pasado deje de pesar en la espalda como una mochila llena de recuerdos a los que nosotros le asignamos peso y entidad.

Del pasado importa lo bueno, lo bello, aquellos que pasaron por nuestra vida dejándonos esa sonrisa en la piel, ese abrazo en el alma. Porque el presente es tu vida, es el ahora, este momento en el que me lees, y es en el que estás vivo.

Texto: Bett G.C.

Foto: Pixabay

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La otra vida, la misma vida

Establezco que en una vida hay más de una vida: la infancia y el resto. La infancia fue ese período donde todo era nuevo, nosotros éramos nuevos, frescos, inocentes, limpios.

El resto ya es otra cosa, el resto es la escuela de vida, es la vivencia de lo diferente, es esto donde vamos perdiendo la espontaneidad, la pureza, la sorpresa, la ingenuidad…

La otra quizás fue la vida, donde se sembraron las semillas, donde aprendimos a caminar las calles del vivir, cuando descubrimos el amor, cuando todos esos sentimientos que luego serán fundamentales se fueron experimentando.y el conocimiento se aprendió a fuerza de lágrimas,.sonrisas, pérdidas y amores imposibles.

Y ahi quedó en nosotros, anidando. La otra vida se escondió en un rincón del pasado, ese que todos guardamos, y adonde nadie puede volver salvo en sus recuerdos

Texto: Bett G.C.

Foto: El pasado

 

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Ayeres perdidos

Ayeres perdidos como sombras que aguardan en la oscuridad del pasado y que nunca nos abandonan.

Retazos de vida que guardamos por alguna razón desconocida, pedazos en forma de recuerdo que resisten a todas las guerras de la vida, a maremotos de lágrimas, a bombardeos de penas, y aunque a veces pensamos que olvidamos, un dia vuelven a brillar en nuestra memoria como bronce bajo el sol.

Ayeres perdidos que viven, que permanecen, que van y vuelven mientras dure la vida y el perfume de esa flor que somos.

Texto: Bett Gonzalez C.

Imagen: Pixabay

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Dias como hojas de un libro

El libro es extenso. Así parece. Los capítulos se suceden sin cesar y tu eres el holograma que representa el papel principal. A veces sientes que eres el protagonista y otras un simple peón de la colosal jugada de ajedrez que es la vida.

No se permite espiar cuantas hojas trae el libro ni quienes son los personajes que lo compondrán, solo nos enteramos con cada vuelta de página.

Dias como hojas de un libro que sin numerar no nos anticipa nada.Ni siquiera el final

Texto: Bett G.C.

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